domingo, 19 de agosto de 2007

CERRO DE LA AGUADA: El centenario de la primera exploración



Conmemorando el centenario de la primera exploración de la zona a cargo de Fritz Reichert en 1904, un grupo formado por marplatenses y salteños recorrieron la aún hoy inexplorada región buscando conmemorar el hito histórico y buscando su propia experiencia en pleno desierto de Atacama.


Fritz Reichert: El padre del Andinismo.
El doctor Federico Reichert, Fritz, como lo llamaban sus amigos nació en Suabia, Alemania el 3 de noviembre de 1878. Se graduó en química en la Universidad de Estrasburgo y completó sus estudios de física y geología alcanzando el doctorado.
Alpinista desde su mas joven edad escaló en los Alpes y participó en una expedición al Cáucaso donde logró junto con sus compañeros el primer ascenso del Uschba, el Matterhorn de la cordillera caucásica.
En 1904 fue contactado por el profesor R. Hautal designado por el gobierno del General Roca para contratar hombres de ciencia que recorran el territorio nacional para estudiar minerales útiles y materia prima industrializable.
Llamado por la aventura se embarcó junto a su esposa rumbo a la que llamaría su segunda patria, la República Argentina. Pronto fue enviado a la Puna de Atacama en busca de boratos. Partió de Buenos Aires a mediados de junio de 1904 con destino a Salta. Desde allí viajó por la quebrada de Escoipe y arribó a San Antonio de los Cobres. Continuó su viaje utilizando mulares o burros y en varias jornadas fue recorriendo zonas cercanas a Santa Rosa de los Pastos Grandes, Salar Ratones, Antofallita, Vega La Botijuela, Antofagasta de la Sierra y regresó a Salta a mediados de septiembre del mismo año. Durante ese viaje exploró sin hollar la cumbre los nevados de Cachi y de Antofalla y realizó el segundo ascenso del Chañi y el primero de una de las cumbres de la Aguada.
En la edición de 1904 de la revista del Club Alpino Alemán el propio Reichert relata su expedición y allí describe haber llegado a 50 metros de la cumbre del Cachi, haber alcanzado desde una quebrada entre el Antofalla y la Aguada la cumbre del último, haber alcanzado un collado a 6000 metros en el Antofalla y haber realizado el segundo ascenso del Chañi, describiendo los vestigios de la cultura inca encontrados en el cerro.
La escalada a la Aguada es la primera ascensión andina de Reichert, cobrando de ésta manera una importancia jamás mencionada por los distintos autores que trataron las campañas del alemán.
El ascenso es referenciado en la revista del Club Alpino Alemán, pero no es mencionado en su autobiografía (1946).
A su regreso se incorporó a la Facultad de Agricultura y Veterinaria y durante 1905 realizó su segunda campaña a la Puna de Atacama, alcanzando la cumbre del Volcán Socompa.
Las grandes campañas andinas de Reichert fueron realizadas sobre todo en Mendoza acompañado generalmente por el ingeniero suizo Roberto Helbling y por su cuñado Fritz Bade. En 1906 intentó el Aconcagua, en 1907 escala el Tolosa, el Catedral y el Gemelos, en 1908 escala el pico Río Blanco y el Polleras, en 1910 el Plomo, en 1911el Juncal y en 1912 el Tupungato.
Luego el interés de Reichert se centró en el sur del continente intentando el Tronador en 1910 (el collado entre la cumbre principal y el pico Argentino se llama col Reichert). Luego trazó un plan de exploración integral de la cordillera patagónica y en 1914 alcanzó desde el lago Argentino el divorcio interoceánico en el hielo continental patagónico (actualmente paso Reichert). Exploró el río Turbio y dirigió varias expediciones al San Valentín, cumbrera de los hielos patagónicos.
Publicó “La Exploración de la Alta Cordillera de Mendoza” (1929) y su autobiografía “En la cima de la montaña y de la vida” (1946). Murió en Santiago de Chile en 1953.
Explica Vojslav Arko que no fueron solo las ascensiones, ya de por sí memorables y fundamentales, que proporcionaron al doctor Federico Reichert el apodo meritísimo de “padre del Andinismo”, sino una vida íntegra dedicada a la cordillera, un espíritu fuerte, tenaz y emprendedor, acompañado por un sano criterio, que lo hizo actuar en forma orgánica acumulando una suma de trabajo que no tiene paralelo en todo el continente.


Un siglo después.
El 16 de agosto de 2004, se reunió el grupo en Salta, pero faltaban algunos días, que se utilizarían para ultimar detalles, para la partida a la cordillera.
El grupo lo formábamos tres salteños y dos marplatenses o mejor dicho un marplatense y un miramarense, pero eso sí, ambos socios del Club Andino Mar del Plata.
Los salteños estaban encabezados por Alejandro Giménez Gambetta, viejo amigo y gran montañista con siete cumbres de mas de 6500 metros y mas de una decena superiores a 6000. Completaban el grupo norteño Nicolás Pantaleón, joven y activo integrante de la expedición, todavía con polvo en su mochila de sus recientes ascensos a la cumbre sur del Incahuasi y su tercer ascenso a la cumbre Libertador de los Nevados del Cachi y Juan Speroni, andinista con gran experiencia y una fortaleza física notoria.
El grupo de la costa atlántica estaba integrado por Toni Moreno de Miramar, que con sus 63 años levantaba el promedio de edad pero aportaba experiencia y quien escribe Guillermo Almaraz auto postulado como historiador del grupo y por consiguiente con la tarea de recabar información y recordar constantemente cada sitio recorrido por Reichert 100 años antes, pese a que alguno no le interesara demasiado en ciertos momentos.
Finalmente luego de varias noches de locro y empanadas partimos el sábado 21 rumbo a San Antonio de los Cobres. Allí nos alojamos en las dependencias del Ejército Argentino y esa noche visitamos y cenamos en el restaurante El Águila propiedad de viejos amigos adquiridos en otras excursiones.
El 22 durante la mañana recibimos por teléfono la confirmación que nuestro amigo Alejandro Lewis, desaparecido en el Nevado Sajama (Bolivia), finalmente había aparecido sin vida. Conmocionados por la triste novedad, optamos por intentar un objetivo para homenajear la memoria de nuestro amigo. Partimos en medio de un fuerte vendaval hacia el Tuzgle (5480 metros) y esa tarde en medio de la montaña que nos unió en vida, nos encontramos cerca de su espíritu unido para siempre a la montaña.
El 23 seguimos nuestro camino hacia Tolar Grande. El cielo seguía cubierto y varios manchones de nieve engalanaban la terrosa puna. Muchos cerros conocidos por sus colores ocres, bermellón o verdosos, estaban ahora con su vestimenta invernal inmaculadamente blancos. Ahora el Aracar, el Arizaro, las cumbres del Macón y el Guanaqueros eran níveas líneas recortadas en el plomizo cielo. Durante varias horas una suave nevisca había caído tiñendo el salar de un tono distinto y el al ingresar al camino que conduce a Mina Arita además de intensificarse la nevada ya no se veía a mas de cien metros.
Luego de recorrer los últimos 57 kilómetros desde el desvío arribamos a Mina Arita (S 25º 02 13 W 67º 45 54,2) , donde nos recibió Carlos Rodríguez, viejo conocido a quien le llevamos algunos regalos y fotos de nuestro último paso hace unos años.
Nos permitió alojarnos en una de las construcciones de la mina donde rápidamente distribuimos la carga y procedimos a preparar la cena. Carlos vive en Arita desde 1969 y trabajó en las canteras de onix hasta 1980 cuando terminó la explotación. Luego se quedó viviendo al principio con un compañero de avanzada edad que a los años murió, y luego solo hasta hoy. Cuando lo conocimos en 2000 solo una docena de grupos había llegado a ese olvidado lugar, pero desde 2001 existen varias empresas que explotan la zona y durante temporadas se alojan en Mina Arita geólogos y personal de las compañías mineras.
Durante la noche nevó y llovió convirtiéndose en toda una novedad ya que además de ser una de las zonas mas áridas del mundo, estábamos en la temporada seca.

El primer ascenso moderno al Cerro Arita:
Luego de desayunar Juan y Nicolás partieron en medio de la nevada al cono de Arita (3688 metros), denominado por el IGM Cerro El Cono y por sus primeros ascencionistas deportivos Cono CAN en honor al Club Andino del Norte. Volvieron tarde y luego de caminar varias horas bajo las inclemencias del tiempo, pero contentos con la cumbre.
Los restantes integrantes del grupo junto con Carlos Rodríguez fuimos hasta un socavón que data de 1905 y seguramente fue visitado o descubierto por Fritz Reichert. Desde éste punto (S 25º 02, 25,8 W 67º 45 48,1) y a 4032 metros divisamos en un momento entre las nubes la cumbre del volcán Arita (4763 metros). Luego en otro momento vimos entre las nubes una cumbre mayor mas al norte, que la carta marcaba como Cerro Cori (4831 metros) pero Carlos explicó que todo el cordón era denominado Arita con sol de mañana (desde el este) y Cori con sol de tarde (desde el oeste). Con el interrogante instalado y en un momento en que se despejó decidimos intentar el ascenso. Cerca de las 17 hs. llegamos a la cumbre del Arita y verificamos que no había signos de ningún ascenso anterior. Evidentemente el cerro denominado Arita por Milenco Jurcich era el denominado Cori por el IGM y él junto a sus compañeros habían logrado hace casi 50 años la cumbre independiente que se erigía al norte de nuestra posición y nosotros éramos los primeros en alcanzar la cumbre del Arita.
En realidad grande fue la sorpresa cuando en la misma cumbre encontramos un circulo ceremonial de 1,80 de diámetro en su lado mas largo y 1,50 en su parte mas angosta, restos carbonizados bajo las piedras y leña a uno de sus lados.
Luego de fotografiar el sitio, dejar un testimonio y llevar un pequeño trozo de leña para la prueba de carbono 14, continuamos para una cumbre al norte que podría ser aún mas alta. Finalmente cuando llegamos a la cumbre comprobamos que era unos 15 metros mas baja y tampoco estaba escalada. Dejamos nuestros nombres y bajamos rápidamente.
Cuando ya el sol había caído, una fuerte tormenta eléctrica iluminaba el cielo y nosotros cenábamos contentos por los ascensos.

El oasis de Reichert: Vega La Botijuela.
El 25 cargamos todo y partimos hacia Vega La Botijuela, antiguo campamento de Reichert en su expedición de 1904. Decidimos explorar la huella que va a Caballo Muerto pero luego de unos kilómetros la camioneta quedó enterrada en la nieve fresca. Luego de un tiempo de trabajo finalmente salimos y continuamos camino con el Archibarca al NO y el Tebenquicho al Este, con mucha nieve sobre el camino y con algunas hondonadas que debíamos esquivar. Al llegar al alto denominado Trapiche el viento era fuertísimo y vimos en el bajo el hermoso salar de Antofalla.
Pasamos por la bifurcación que va al poblado de Antofalla y seguimos bordeando el salar 38 kilómetros hasta la parte baja de la vega (S 25º 44 60 W 67º 49 01,3). Allí exigiendo la camioneta casi al máximo, subimos entre el fangoso terreno desde los 3300 del salar hasta los 3460 de la casa de Simón Morales.
Simón nos recibió gustoso en la propiedad que heredó de sus padres hace ya varios años y donde vigila su ganado y cuida en la temporada de lluvias su huerta.
La visión de la Aguada que se recorta en el cielo con sus laderas totalmente blancas nos invitaba a soñar con su cumbre.
El lugar es maravilloso, enclavado en la árida puna pero rodeado de unos colores que solo en esa parte del mundo se pueden encontrar. El blanco inmaculado del salar, el azul intenso de la vega, el amarillo seco de los pastizales, los ocres y rojos de los cerros y el cielo dando el marco ideal al paisaje, obnubilan al viajero actual como lo hizo con Reichert hace cien años. Además en un balcón natural una olla de agua termal invitan a un baño reparador como el explorador alemán relata en su autobiografía y el cono de un extinto geiser con un túnel a las entrañas de la tierra termina de extasiar a cualquiera que llegue allí.
Pronto decidimos pasar allí todo un día para disfrutar del lugar y luego de esperar la invitación del dueño de casa, armamos las carpas al lado de la cocina de Simón.
Esa noche cenamos todos juntos y tomamos mate a la luz de un pequeñísimo farolito a gasoil.
Al otro día almorzamos un asado de cordero y durante la tarde hicimos una excursión para encontrar una forma de acercarse al Cerro de la Aguada, objetivo de nuestra expedición. Volvimos unas horas después con muchas fotos y con la certeza que solo podríamos avanzar 2 kilómetros y nada de desnivel.
Si bien la ruta de Reichert fue la quebrada que separa el Antofalla de la Aguada (este), nosotros optamos por otra que desciende al SE. La Aguada según describe Reichert es un volcán poderoso y posee dos cumbres, la sur mas alta que la norte. En inmediaciones de la principal existen dos cumbres secundarias bastante mas bajas pero superiores a 5200 metros.
De la cumbre descienden dos marcados filos uno al sur y el otro al sureste, nuestra ruta buscaría alcanzar la base del filo sureste luego de recorrer la quebrada por donde transitábamos.

Cien años de soledad:
El 27 temprano comenzamos a caminar dispuestos a dividir en tres jornadas los 2300 metros de desnivel para asegurarnos tener suficiente tiempo en la cumbre para buscar el testimonio
Durante la primer hora cruzamos un extenso campo prácticamente sin ascender, para luego ingresar en la quebrada propiamente dicha. Pronto la pendiente iba ganando inclinación y el esfuerzo se sentía, unos escalones rocosos nos obligaron a utilizar las manos en algunos tramos y luego de 900 metros de desnivel y seis horas de marcha acampamos a 4400 metros junto a un nevero que nos proporcionaría agua.
Luego de armar las carpas y tomar mate Nicolás encendió una hoguera protegida del viento y junto a ella conversamos hasta que el sol caía en la cordillera.
Al otro día luego de una tranquila noche continuamos por la quebrada que se desdibujaba hasta el pedemeonte del cerro, cruzando toda la ladera hasta alcanzar el filo sureste. Allí a 5000 metros establecimos el campo 2 (S 25º 41 19,3 W 67 52 40,2). Costó bastante nivelar el terreno para colocar las carpas pero entrada la tarde estábamos cocinando la cena e hidratándonos.
Todo el ascenso hasta ese momento había transcurrido con el cielo algo nublado, pero esa tarde se despejó para ya no volverse a cubrir.
Desde el campamento veíamos las siluetas del Vallecitos y el Colorados totalmente nevados y nos recordaba constantemente el ascenso al primero durante una expedición en 2002.
Luego de una prolongada charla nos dormimos y pasamos la noche placenteramente.
Antes del amanecer del 29 de agosto de 2004, tomamos café con galletitas y acondicionamos las mochilas para partir. Hacía frío pero no era tan intenso como a mas de 6000. Partimos despacio cerca de las 8 hs.
Ganamos altura por el filo y el sol ya nos iluminaba. El grupo avanzaba unido y los mas fuertes esperaban a los mas lentos y en ningún momento de la escalada nos separamos. Descansamos varias veces y entre los 5500 y 5600 metros la pendiente ganaba inclinación. Desde este punto el filo alcanzaba lo que parecía la antecumbre a mas de 5700 metros. Alcanzamos ese punto y avanzamos seguros que pronto alcanzaríamos la cumbre.
Rodeamos la supuesta antecumbre y con emoción recorrimos el tramo que nos llevaba a la plataforma cumbrera. Alejandro que iba unos pasos adelante nuestro grito ¡cumbre! y los cinco abrazados alcanzamos el punto mas alto poco antes delas 14 horas.
Los dos GPS indicaban 5810 metros y la posición era S 25º 40 46 W 67º 53 39.
Lo primero que nos llamó la atención fueron tres círculos en la cumbre misma de 80 cm. de diámetro aproximadamente y ninguna señal de Reichert.
Pronto nos pusimos a recorrer la cumbre y buscar en cada piedra el testimonio del alemán. Casi una hora después y luego de haber comprobado que no había una piedra sobre otra en ningún lugar y ningún vestigio del paso de un hombre moderno, dimos en la cuenta que en vez de encontrar señales de 100 años de antigüedad habíamos hallado signos ceremoniales incas de mas de 500.
Contamos tres círculos en la cumbre y cuatro mas en las inmediaciones. No encontramos leña ni restos carbonizados, pero en uno de los círculos había pequeños restos de un material negro que pensamos que podía ser algo quemado quizá por un rayo. Una hora mas pasamos en la cumbre tomando fotos y mediciones con el GPS. Alejandro alcanzó una cumbre secundaria cercana, al oeste de la principal, recorriendo el filo buscando infructuosamente otros círculos.
Dejamos nuestro testimonio y construimos una apacheta para recordar nuestro ascenso, señalándolo como primero moderno al no encontrar signos de la exploración de Reichert y suponiendo que si él hubiese estado allí habría visto los círculos incas. Vale aclarar que Reichert además de ser un científico, lo cual lo ubica en una posición idónea para diferenciar una construcción del hombre de una formación natural, reconoció y describió restos antiguos en el Chañi (1904) y el Socompa (1905).
Descendimos por la hondonada situada entre el filo sureste y el contrafuerte que remata en la cumbre secundaria este. Desde esta posición y observando la importancia que adquiría éste contrafuerte pensamos que Reichert seguramente subió esa cumbre ya que desde la quebrada por la que él avanzaba tomaba mas protagonismo aún y obstruía la visión de la cumbre principal.
Llegamos al campo 2 y pronto desarmamos todo. Cargamos nuestras mochilas, dejamos el lugar libre de basura, ofrendamos a la pachamama agradeciéndole que nos permitió el ascenso y emprendimos el regreso.


Vida social en la Puna:
Luego de unas horas la noche nos abrazó pero la luna llena nos iluminó y el GPS nos guió directamente a la camioneta por una quebrada mas directa y de gran inclinación.
Llegamos a lo de Simón Morales algo después de las 10 de la noche. Nos recibió contento y algo asombrado que habíamos logrado llegar “al alto”. Preguntó otra vez si habíamos llegado al punto mas alto y luego si todos lo habíamos hecho. Finalmente inquirió si el viejito (Toni) también había alcanzado la cumbre. Ya nos había contado que él creía que en la cumbre había un ojo de agua o quizá otro cono (geiser) como el que tenía atrás de su casa. Alejandro le mostró en su cámara digital la foto de cumbre y allí corroboró el final de nuestro camino. Agregó que no pensaba que era tan plano allí arriba. Cenamos y nos acostamos.
Amanecimos temprano y luego del mate algunos se bañaron en la terma y otros afilamos los cuchillos para el asado.
Simón nos preparó varios kilos de asado de cordero y junto con algunos litros de vino compusieron el almuerzo de festejo de la cumbre. El momento fue el mas placentero de la travesía y disfrutamos a lo grande del paisaje, su gente, sus comidas y la cumbre.
No pudimos salir temprano así que ese día nos conformamos en cubrir los 20 kilómetros que nos separaban de Las Quinuas. Allí nuestro amigo y guía de otras expediciones Antonio Alancay (75 años) nos alojó en su casa y nos invitó con un exquisito asado. Con él solo estaba su sobrina Adelina de 14 años. Poco después de nuestra llegada arribaron de La Brea Jesús Vázquez con su señora Inés y sus hijos Ricardo y Cándida. Les entregamos unas fotos que sacamos en 2002 y cumplimos con la promesa de llevarle a Inés una foto de sus dos hijas que nos pidió sacáramos en aquella oportunidad.
El 31 de agosto, último día del mes de la pachamama, nos despedimos de don Antonio y de la familia Vázquez y partimos a Tolar Grande.
Esperábamos llegar para la fiesta de cierre de la pachamama y así lo hicimos. Llegamos a las 16 horas pero todavía no habían empezado el almuerzo. Tamales, locro y vino. Luego el convido a la pachamama hasta el atardecer. Coca, chicha y cigarros. A la noche empanadas, vino y festival folclórico y de tonadas. Conocimos mucha gente y nos encontramos con algunos conocidos de Antofalla y Antofagasta.
Pronto se supo de donde veníamos y luego de las felicitaciones, el corresponsal de Clarín, que se encontraba cubriendo la fiesta de cierre de la pachamama, nos reporteó para publicar un informe de la expedición.
Nos fuimos el 1 de septiembre, el día que comienzan las clases en la cordillera (vacaciones de 15 días en Navidad) para Salta. Dentro nuestro llevábamos recuerdos, amigos y vivencias nuevas que guardaríamos el resto de nuestras vidas.

lunes, 6 de agosto de 2007

Expedición al Bonete

Bautismo del Cerro “Lautaro” cumbre en el Bonete

BONETE: el gigante de la Puna Sur.

Siguiendo con el plan de ascenso a las mas altas cumbres americanas con un estilo mas cercano a la exploración que al mero ascenso un grupo marplatense abrió una nueva ruta en uno de los gigantes andinos y escaló la virgen cumbre oeste y en primer ascenso el pico Lautaro de 5432 metros.


El Bonete:
El cerro Bonete Chico, de acuerdo a la cartografía oficial del Instituto Geográfico Militar, se yergue íntegramente en territorio argentino, en la provincia de La Rioja, cerca del límite con Chile y con su vecina Catamarca.
Ocupa el quinto lugar dentro de las mas altas cumbres americanas luego del Aconcagua, Pissis, Ojos del Salado y Mercedario. Su cumbre principal alcanza los 6759 mts.
El coloso es parte del círculo de volcanes que rodean la Caldera del Inca Pillo, conformando su borde este. De amplio basamento alberga en su zona alta cinco cumbres: la norte de 6725, la sur de 6675 metros, la este de 6575 metros, la oeste de 6501 metros y la principal de 6759 metros. Además posee varios picos subsidiarios: el SE de 5406 metros, el SO de 5710 metros, el Lautaro de 5432 metros, el Peñas Rojas de 4975 metros y el Hombre Muerto de 4765 metros. De sus laderas norte se desprende el Cordón de los Pioneros con sus seis cumbres, cinco de ellas de mas de 6000 metros. El cordón posee además algunos picos satélites de mas de 5000 metros.
La primera exploración del macizo corresponde a Walter Penck, quien en 1913 accedió por la quebrada de la Troya, al norte de Tinogasta y luego por los valles de los ríos Punillas y del Oro ascendiendo seguramente el cerro Peñas Azules de 5935 metros. Walter Penck afirmó que su altímetro marcó algo mas de 6120 metros y por los datos que indicó en su relato seguramente se trató del cerro antes mencionado, ya que estaba totalmente rodeado por la niebla y no podía observar nada a su alrededor. Algunos autores consideraron que en realidad había escalado el Bonete ya que el geólogo alemán indicó que el cerro ascendido era el coloso riojano, pero ahora no hay dudas que no estuvo en el mismo. Vicente Cicchitti organizó en 1955 una expedición tras los pasos de Walter Penck, logrando seguramente el segundo ascenso del Peñas Azules, ya que siguieron estrictamente el relato, aunque en la cumbre no hallaron signos del alemán. La cartografía oficial argentina indicaba dos Bonetes uno al norte: el Grande y otro al sur: el Chico. La altura del Chico indicada era 6850 metros y la del Grande de 6872 según la Dirección Nacional de Minería y Geología (1962). El misterio de los Bonetes estaba instalado y solo con el ascenso al Bonete Chico en 1970 se dilucidará el tema, dejando claro que el Bonete Chico es el mas alto con 6759 metros y el Grande está ubicado al norte y solo llega a los 5943 metros. Además el llamado también Bonete Grande, pero que en realidad debe denominarse Peñas Azules, es el ubicado al este del Bonete.
El descriptivo nombre de Bonete se refiere a la forma cónica de la cumbre siendo mas “chico” el del 6759 y mas “grande” el de 5943 metros.
En enero de 1970 el profesor mendocino Vicente Cicchitti dirigió la expedición que logró el primer ascenso. La aproximación la realizaron desde Alto Jagüe por el río Bonete y luego por el río del Oro hasta el paraje Peñas Negras. Desde allí trazaron la ruta del primer ascenso en la ladera sureste, llegando a la cumbre Vicente Cicchitti junto con el baqueano Cirilo Urriche el 15 de enero de 1970.
El segundo ascenso fue logrado por Johan Reinhard y Louis Glausser el 1º de febrero de 1986 por una nueva ruta por el norte. El tercero lo realizó el Club Andino y Campamento La Rioja por la ruta de Cicchitti. El cuarto también fue por la ruta Cicchitti y lo protagonizó el francés Philippe Reuter y el quinto fue por la ruta norte y lo realizó Greg Horne de Canadá.
En 1996 la expedición dirigida por Jaime Suárez trazó una nueva vía en la cara suroeste denominándola “GPS”. Con el tiempo se transformaría en la normal. En 1999 una expedición alemana se aproximó desde el Campo de los Burritos Muertos y escalaron el filo oeste. La ruta GPS fue repetida por el grupo mendocino dirigido por Fernando Santamaría y en octubre de 2000 en el marco de la primer expedición marplatense compuesta por Fabián González, Eduardo Namur y Guillermo Almaraz, acompañados por las mendocinas Mirta Sarmiento y Susana Miatello intentamos la ruta GPS trazando una variante por el canalón Sur en vez de tomar el filo SO. Un violento temporal nos envió para abajo desde 6500 metros, destrozando las carpas y provocando algunas perdidas de equipo. La variante trazada resultó mas descansada que la vía del filo pero mas larga, por lo que no es recomendable. El motivo que nos llevó a entrar al canalón fue tratar de encontrar un lugar menos expuesto al viento, debido a que la tormenta se insinuaba desde los días anteriores.

La nueva expedición.
Con el sabor amargo de no haber alcanzado la cumbre preparamos para marzo de 2003 uan nueva expedición al Bonete. El grupo estaba conformado por los mismos tres integrantes que el intento de 2000 sumándose en éste Antonio Moreno.
Partimos de Mar del Plata en la Ford Ranger el 31 de marzo a las 17 horas, llegando al refugio del Peñón al otro día a las 20 hs., luego de 1804 kilómetros y de haber saludado en la calle a Cirilo Urriche, uno de los primeros vencedores del Bonete en 1970. Allí pasamos dos noches, acosumbrándonos a la altura y comenzando un largo campeonato de truco que finalizaría unas semanas después.
Durante nuestra estadía en el Peñón a 3620 metros nos encontramos con Pepe Orqueda, guía de 4x4 de la zona, quien nos informó que Jaime Suárez junto con Mirta Sarmiento y Susana Miatello, estaban en la Caldera del Inca, intentando junto a un grupo bucear en la misma.
El 3 de abril, luego de cargar todo nos fuimos hacia el refugio Pastillos en el derrotero sur de los arreos a Chile. Pasamos por la laguna Verde y tuvimos una vista magnífica del macizo del Potro. Pasamos una muy fria noche allí y luego nos transladamos al refugio Mulas Muertas (4240 metros). Allí establecimos nuestro campo base, con ciertas comodidades. Limpiamos el refugio y acondicionamos el fogón para calefaccionarnos. Armamos la despensa y nos entregamos a los placeres gastronómicos y al juego. El truco siguió con su rumbo ya marcado en el Peñón y Pastillos y los veteranos no nos permitieron ganar nunca un grande, y la gastronomía determinó los mayores placeres y se coronó un nuevo líder en la competencia de chef de alta montaña, con una pizza a las brasas con berenjenas, dejando en segundo lugar al pastel de papas que reinó desde la expedición al Llullaillaco de abril de 2000.
También allí comenzó el show de comunicaciones a cargo de Eduardo Namur, estableciendo contactos en dos horarios al día con Mar del Plata y Tandil a travéz de un equipo de radio VLU, que ya había hecho funcionar en el Peñón y Pastillos.
El 5 de abril recorrimos la aproximación de la ruta normal desde el refugio Veladero y durante la tarde ascendimos una cumbre secundaria del Morado de 4828 metros.
El 6 de abril nos levantamos antes del amanecer y cuando salía el sol estábamos entrando por la pampa del Veladero en dirección al campo de los Burritos Muertos para luego acceder por el río del Medio a la quebrada Las Piedras y por un duro y exigente trayecto al enorme cráter del Inca Pillo.
Avanzamos en dirección al borde oeste de la laguna y llegamos al punto S 27º 53 47, W 68º 51 07 a 5551 metros. Desde allí el panorama era soberbio y todos coincidimos que la visión de la Cladera es uno de los paisajes mas llamativos de la cordillera. Personalmente hacía tiempo que no me asombraba tanto un paisaje. Fotografiamos desde varios ángulos el Pissis, el Reclus, el Gemelos y el Baboso y nos detuvimos a estudiar pormenorizadamente la cara norte del Bonete buscando una posible ruta, sin encontrar un trayecto económico o atrayente. Luego bordeamos por el sur la laguna y accedimos al punto S 27º 54 32 y W 68º 46 12 y a 5577 metros en el sector este de la caldera.
Desde allí observamos detenidamente el Cordón del Bonete, llamado Cordón de los Pioneros, con sus cinco cumbres de mas de 6000 metros.
Nuestra intensión era escalar la cumbre de 6092 metros pero debido a lo avanzado de la hora decidimos dejarla para otro viaje. Tuvimos tiempo todavía para recorrer la ladera oeste del cordón encontrando una laguna no indicada en la carta.
Regresamos al refugio entrada la tarde, sintiendo algunos efectos de la puna.
La estadía era tan placentera que decidimos permanecer mas tiempo en Mulas Muertas y partir en otra exploración hacia el Peñas Azules y la ladera SE del Bonete, por donde discurre la ruta original.
El día 7 de abril, bordeamos con la camioneta la Laguna Mulas Muertas por el norte y avanzamos por la Pampa del Tambero siempre siguiendo el cauce seco del río Tambero. El Bonete iba ganando importancia, pero en un momento el Peñas Azules parecía por la perspectiva mas alto. Luego de algunas fotos regresamos al refugio a continuar con el truco.
Finalmente el 9 de abril, tras permanecer el 8 en el refugio por la presencia de niebla durante toda la mañana, partimos hacia el Bonete.

La ruta de los neveros (OSO)
Avanzamos por el camino hasta casi el refugio Veladero, donde ingresamos a la Pampa del Veladero. Comparado con nuestro intento de 2000, donde no había casi huellas, ahora había un camino casi marcado. Avanzamos hasta el hito del IGM ubicado a 4677 metros de acuerdo al plan, y seguimos el cauce del arroyo indicado en el mapa. Nuestra intención era encontrar un lugar con agua o con hielo para derretir y este derrotero parecía mas adecuado que el itinerario normal.
Pudimos llegar con la camioneta hasta los 5000 metros luego de recorrer 37 kilómetros desde Mulas Muertas. El lugar estaba protegido por altos penitentes y durante la tarde un hilo de agua corría entre las piedras. El sitio era ideal e incluso pensamos que podría convertirse en el campamento base del Bonete. De ser así, tanto el Pissis como el Bonete tendrían campamentos base de expediciones marplatenses. Al pensar en esa posibilidad creímos conveniente bautizar el lugar, pensamos, pensamos y lo único que se nos ocurría era Mar del Plata o marplatense, hicimos una pirca, pusimos un tubo blanco como tótem y un frasco con nuestros nombres y el nombre “marplatense”, ya que otro no surgió. Esperemos que algún poeta sugiera otro nombre mas romántico, aunque mas no sea “penitentes” en “honor” a los vigías del campamento.
El 10 de abril permanecimos en el campamento con sol y debido a lo protegido del lugar sin viento. Luego de varias rondas de mate y que Eduardo se comunicara varias veces con Mar del Plata, salimos a explorar la quebrada que nos llevaría a las partes altas del Bonete. Caminamos una hora y llegamos al plateau de los 5500 metros. Allí nos refugiamos del viento tras unas grandes rocas y vimos claramente la ruta de Jaime, hoy convertida en normal, y la nueva que podríamos abrir en la ladera OSO. La nueva ruta era quizá mas directa y además trazaba una línea sobre tres o cuatro grandes neveros lo que la hacía mucho mas interesante que la normal. Dibujé la ruta en la libreta para hablarlo con Fabián cuando volviéramos al campamento y volvimos sobre nuestros pasos.
Al llegar ya refrescaba e hicimos la última comunicación. Cenamos y luego nos acostamos.
El 11 de abril salimos a las 11 de la mañana hacia el campamento 1. Toni había decidido no participar del intento y nos esperaría en el base, pero igualmente ese día colaboraba llevando algo de carga. Avanzamos por la quebrada del arroyo congelado y llegamos luego de dos horas al primer gran nevero (5500 metros). Allí Toni se despidió de nosotros deseándonos mutua suerte para los sendos ascensos que emprenderíamos: el Bonete y el pico de 5432 que finalmente Toni bautizaría como Lautaro.
Con los grampones puestos avanzamos rápido por el hielo y en otra hora llegamos a una parte fina y empinada del nevero llena de penitentes. Salimos hacia nuestra derecha para esquivar los penitentes y luego de una caminata por pedrero llegamos a la base del segundo nevero (S 28º 01 57 W 68º 47 26). Hacía cuatro horas que habíamos salido del base pero ya estábamos a 5700 metros y erala altura planeada, por otro lado había un lugar plano y teníamos hielo para derretir. Tomamos unos mates y armamos la carpa y comimos algo. Cuando caía el sol ya habíamos tomado una sopa y varias rondas de mate y nos acomodamos para dormir. La noche pasó en calma y nos levantamos ya cuando los rayos del sol nos calentaban.
Nuevamente con los grampones avanzamos rápido por el hielo e incluso cruzamos alunas pequeñas grietas en los cambios de pendiente. Fabián filmó algo y Toni se comunicó por el handy desde la antecumbre del pico de 5432 metros y nos informó que seguía hasta la cumbre. Una hora después, nosotros seguíamos ascendiendo ya por otro pequeño nevé y Toni se comunicó desde la cumbre. Había llegado allí y había comprobado que no había ascenso anterior. El pico de color rojizo y visible claramente desde la pampa del Veladero recibió el nombre de Lautaro. Toni levantó una pirca y depositó un papel con los datos del ascenso.
A los 6000 metros comenzamos a buscar un lugar para acampar, encontrando un sitio plano y con hielo para derretir a 6070 metros (S 28º 01 30 W 68º 46 55). Armamos la carpa y tomamos mate. Luego comimos unas galletitas con bondiola y todavía con sol nos metimos en las bolsas.
El 13 de abril salimos a las 7 de la carpa y avanzamos por el canalón OSO. A aproximadamente 6200 metros encontramos una caña clavada entre unas piedras y un testimonio de un intento de varios años atrás de nuestro amigo Horacio Sánchez de Córdoba. Continuamos ascendiendo lentamente y al ver que el acceso al col oeste era bastante abrupto optamos por montarnos al filo que daba a la cumbre oeste.
Continuamos entre bloques mas grandes y en una repisa descansamos observando el escalón que llevaba al col oeste haciendo especulaciones si podríamos bajar por allí. Una hora mas tarde llegamos a la cumbre oeste a 6501 metros según el mapa y 6520 según el GPS donde descansamos una rato (S 28º 01 23 W 68º 46 00). Al llegar primero tuve la oportunidad de recorrer el amplio sector cumbrero y buscar las peñas mas altas donde dejé un caramelo. La emoción por haber coronado la última cumbre virgen del Bonete se vio algo opacada por la visión aún lejana de la cumbre y el desnivel que deberíamos perder para luego volver a escalar en busca de la principal. Desde ésta cumbre divisábamos claramente el col oeste y el col sur donde habíamos llegado dos años y medio antes en nuestro intento anterior.
Descendimos según el GPS hasta 6430 metros y desde allí lentamente comenzamos a cruzar el plateau hacia la antecumbre de la principal.
Los últimos tramos son algo inclinados y al llegar al filo de la cumbre dejamos los bastones y avanzamos con cuidado hasta el punto mas alto junto con Fabián. Eduardo llega y emocionados nos abrazamos. Fotos y testimonios. El GPS indicó 6765, solo 6 metros de diferencia con la señalada por el IGM. De acuerdo a lo planeado hicimos un pequeño homenaje en honor a Vicente Cicchitti el primer ascensionista del cerro que hoy nos tenía en la cumbre. La idea había surgido en el año 2000 en nuestro anterior intento y entre los integrantes de aquella expedición tejimos un rosario de soga para dejar en la cumbre en honor a Vicente, debido a que conocíamos que el profesor mendocino llevó uno con él durante todas sus ascensiones e incluso lo acompañó en su última morada.
Permanecimos una tranquila hora en la cumbre apreciando una vez mas la puna desde uno de sus puntos mas altos, e identificamos casi todos los 6500 de la zona como así también varios cerros emblemáticos de Atacama. Emprendimos el descenso directamente hacia el col oeste donde llegamos y decidimos bajar por el canalón OSO. Observamos desde allí que también es posible transitar el filo oeste que termina cerca del campo de los Burritos Muertos, quizá por allí subieron los alemanes de 1999 que dejaron el testimonio que observamos en la cumbre.
Al alcanzar el escalón rocoso buscamos una posible bajada y desescalamos con cuidado. Llegamos a la carpa todavía con sol pero pronto comenzó a oscurecer. Tomamos café con leche y desarmamos la carpa y emprendimos el descenso dejando preparadas las linternas.
Con la noche clara caminamos a través de los neveros iluminados con la luna, siendo una experiencia difícil de repetir, un descenso cansados pero contentos de haber logrado el objetivo y en un marco natural impactante iluminados por la tenue luz lunar.
Bastante agotados descansamos a 5500 metros en el lugar donde nos habíamos despedido de Toni y los últimos tramos los hicimos con las últimas fuerzas llegando a las carpas a la 1:00 de la madrugada del 14 de abril.
Tomamos gaseosa y despertamos a Toni, que nos felicitó pero dijo tener frío así que se metió rapidamente en la carpa sin darnos mucha bola. Eduardo se acostó con el viejo, Fabián en la camioneta y yo solo en la carpa con la botella de Coca.
Al otro día desarmamos el campamento y con la camioneta descendimos a Mulas Muertas. Cargamos las cosas que teníamos allí y desandamos el camino hacia Alto Jagüe donde no pudimos saludar a Cirilo ya que estaba en la capital de la provincia. A la tardecita tomamos unas cervezas pasando Vinchina charlando sobre el posible futuro gobierno del riojano Menem con sus coterráneos.
Esa noche festejamos como es habitual con milanesa napolitana con papas fritas y huevos fritos con bastante cerveza. Terminamos la noche jugando al pool en un bar de Villa Unión.

martes, 13 de febrero de 2007

CICLO RAID VALLES CALCHAQUIES PROVINCIA DE SALTA

CICLO RAID VALLES CALCHAQUIES PROVINCIA DE SALTA
por: Antonio Moreno
La niebla, el viento y el frío nos rodean. Sin piedad nos obligan a avanzar arqueados sobre nuestras bicicletas, La Cuesta del Obispo no nos dá respiro… nos está cobrando un precio demasiado alto, pedalear a más de 3.000 metros de altura tiene su costo. Estamos extenuados por el esfuerzo, nuestros rostros lo denotan, la “Puna” ha hecho lo suyo… y para Cachi falta todavía mucho… si paramos a descansar, a los pocos minutos el frío se apodera de nosotros, ya hubo un principio de congelamiento en una mano… la montaña no es chiste, ¡nos damos ánimo! A algunos el apunamiento los hace llegar al límite, la trepada es brutal y parece que no termina nunca, estamos metidos en las nubes y no hay opción hay que llegar al punto más alto (3.620 mts.) Piedra del Molino, y ahí sí… comienza la bajada, ¿dormiremos en Cachi? Interiormente nos “agradecemos” el haber entrenado meses para esto…
La idea de hacer este viaje había prendido de a poco en nosotros, éramos 7 ciclo-aventureros, la mayoría de los cuales sin ninguna experiencia en pedalear en montaña. El grupo era bastante heterogéneo, las edades oscilaban de los 18 a los 55 años y como siempre sucede los “viejos” eran los que yá habían vivido otros raídes montañeros en las dos “ruedas”. Estos, por supuesto, trataban de moderar los “ímpetus juveniles”, a veces lo lograban… El viaje había comenzado el día anterior partiendo desde El Carril y haciendo nuestra modesta primer etapa poco más allá de Escoipe, pese a ser solamente unos 40 Km. Yá la cuesta y el ripio nos dio un anticipo de lo que nos esperaba… de todas maneras estábamos hambrientos de grandes espacios para pedalearlos sin restricciones de horario, desde el vamos la montaña nos observaba desafiando a la gravedad, y poco a poco nos iba haciendo sentir sus “leyes”, asombrados y al mismo tiempo ansiosos penetramos de a poco en sus dominios. Después de nuestro primer campamento y envueltos en una pertinaz neblina habíamos empezado el segundo día de nuestro raíd. Nos esperaban 21 Kms. De subida, el entusiasmo y el buen ánimo eran fieles escoltas del grupo, también una llovizna y el barro que levantaban las ruedas, llegando a todas partes. “meter un cambio” en nuestras mountain era dificultoso, la montaña nos cobraba su peaje; el grupo vá cada vez más lento, pero con firmeza, a nadie le pasa por la cabeza retroceder, las circunstancias nos llevan poco a poco a un auto examen: tenemos todos los síntomas de la falta de oxígeno, de improviso en medio de la niebla y la llovizna una forma “ajena” a la montaña, y ¡sí! Al fin… Piedra del Molino con su campana que tocamos para festejar el haber llegado hasta ahí. Nos damos el abrazo entre todos, las fotos de rigor y ¡a bajar! Queremos llegar al sol, ver nuestro Norte bajo sus rayos, llevamos dos días bajo la niebla e intuímos que nos esperan allá abajo paisajes maravillosos.
Nos “mandamos” como locos cuesta abajo, embriagados “volamos” por una estepa árida después de dos días subiendo constantemente, por fín… plato grande y piñón chico, hay partes arenosas que nos hacen derrapar… ¡no importa! Nos sentimos “fuertes” con esa fuerza que viene de adentro, de haber podido sobreponerse a la dura exigencia física de la cuesta ¡que yá fue! Poco a poco la bajada se atenúa y retomamos a un ritmo más normal, el sol se hace presente y lo disfrutamos como nunca, son las 14 hs. Ya tenemos 7 horas arriba de la bici 6 subiendo y 1 bajando, tomamos una curva amplia y vemos la recta del Tin Tin más de 10 Kms que se pierden en una línea amarilla en el horizonte, ya empezamos a presentir que vamos a poder cumplir la etapa planeada, pero la recta también tiene lo suyo… el ripio se pone imposible y las ruedas empiezan a dejar un surco en las partes arenosas y aunque leve, volvemos a trepar nuevamente… y la recta que no termina nunca!, las castigadas piernas nos dicen Basta!, pero apretamos los dientes y seguimos, Payogasta no puede estar muy lejos y ya sabemos que desde allí son 10 Kms más y llegamos a Cachi, y Cachi es un buen baño, es dormir en una cama, es comer en una mesa… es descansar y reponer fuerzas. Finalmente después de “un siglo” vamos de a poco metiéndonos en una inmensa curva, nos paramos en la bici para ver qué hay más allá y sólo vemos piedras y cielo, nos miramos interrogándonos, ¡el mapa! No puede estar errado… payogasta ya tendría que verse, salimos de una curva y nos topamos con un cementerio… hacemos un kilómetro más y de repente aparece Payogasta.. metida en un valle,¡como escondiéndose de nuestras miradas!. Una breve parada y yá salimos de vuelta con viento fuerte en contra, el sol bastante bajo en el horizonte nos vió llegar a Cachi, habíamos hecho la etapa más difícil del viaje, de ahí en adelante el camino era semi-llano, con subidas y bajadas más normales y a unos 2.200 metros de altura en su mayor parte, por lo tanto el problema de la puna ya no existía. Bien temprano arrancamos para el próximo pueblo Molinos distante unos 60 Kms. Íbamos bordeando el río Calchaquí, el sol ya era decididamente nuestro compañero, los campesinos detenían su trabajo para observar la caravana ciclística, los siete pedaleábamos, por primera vez desde el comienzo del viaje sin grandes exigencias físicas, asombrados por la belleza del paisaje que nos abrumaba con el verde de los pequeños valles prolijamente sembrados y ese azul cielo que sólo en nuestro Norte se dá… los kilómetros pasan sin darnos cuenta, flanqueados por álamos y sauces el camino discurría entre pequeños caseríos de adobe y los cerros nos vigilaban desde lo alto. Al medidía paramos en Seclantás, pueblo con el característico encanto norteño, almorzamos unos sandwichs de milanesa típicos del Norte, con un poco de todo y recostados en el pasto de una diminuta placita con música de fondo de los pájaros y acariciados por el sol, cultivamos el perdido arte de… ¡no hacer nada!, nuestros ayeres estaban muy alejados en esos momentos, era enorme el cúmulo de experiencias nuevas vivídas en esos tres días de pedaleo, viajar en bici proporciona una intensidad muy especial en los sentidos… uno contempla todo y establece un vínculo con el paisaje que vá más allá de las palabras. Dice el gran Atahualpa Yupanqui, “En el Norte, la profundidad del paisaje y el silencio contagian al forastero y como si una sensación superior rescatara la virtud, uno se siente humilde, insignificante, en ese escenario donde la vida ¡es tan simple! Y tan dura como las piedras”. Finalmente entramos en Molinos al atardecer, mucho más enteros que jornadas anteriores, pudimos rentar una modesta casa para pasar la noche e inmediatamente iniciamos tareas que ya no podíamos posponer por más tiempo; lavar la ropa, limpiar, ajustar y lubricar nuestras mountain, ordenar nuestros bártulos bañarnos y lo más importante comer, comer y comer…
Y otro dá comenzaba … partimos rumbo a Angastaco al amanecer, ya bastante veteranos en eso de lidiar con el ripio, a veces, también para matizar tramos de arena, los qu nos dejaban “clavados” ¡pero no importaba! A esa altura del viaje aceptábamos las dificultades que nos oponía el camino como una cosa natural, cómo una oportunidad para superarnos en ese hermoso deporte-aventura que es el ciclismo en la montaña. El clima con su extrema sequedad y el sol sin pausa que “pegaba fuerte” eran también condimentos que a través de los kilómetros “pesaban” sobre nuestras piernas, pero en el grupo no se veían caras que no reflejaran satisfacción por lo que se estaba haciendo, y así… sin casi darnos cuenta eran las 3 de la tarde, cuando ya curtidos por el sol los rostros, nos encontramos rodando por Angastaco, hermoso pueblo custodiado por cerros coloridos, que nos invitaban a treparlos, cosa que hicimos después de instalarnos, gratuitamente, invitados por el señor Intendente, en el camping municipal, dándonos una muestra de la tradicional hospitalidad de la gente del Norte, ala cual quedamos muy agradecidos.
Al día siguiente apenas clareó ya estábamos pedal y pedal rumbo a Cafayate, empezamos a ver formaciones rocosas extrañas y a lo lejos, como diciéndonos adiós, el nevado de Cachi, nos regalaba su cumbre blanca. Pasamos la Quebrada de la Flecha y siempre bordeando el río Calchaquí, aparecieron unos pequeños viñedos, como anunciándonos que ya estábamos cerca de los famosos valles viñateros de Cafayate, en ese tramo sucedió la primer avería importante en una de las bicis, rotura del cable selector de cambios, oportunidad que tubo, para mostrar sus conocimientos el “mecánico” del grupo “Tino”, solucionando el problema en media hora, pudimos seguir en camino. Al mediodía llegamos al asfalto, después de unos 250 Km. De ripio con arenales y serruchos… nos parecía “volar” y los K/h subieron considerablemente… nuestro deleite era indisimulable y rodamos bastante “desbocados” durante un buen trecho, bebiéndonos los vientos mientras nuestros fieles “fierros” nos pedían ruta… cuándo se fueron calmando los ímpetus, arribamos a San Carlos donde almorzamos un locro norteño, del cual ,su cocinero, recibió nuestras calurosas felicitaciones.
Después de una breve recorrida por San Carlos, hermoso pueblo flanqueado por imponentes cerros, sacamos unas fotos con el fondo majestuoso de las cumbres acariciadas por las nubes.
La intensidad con que se manifiesta la vida en estos valles con su variedad de verdes, los ocres de las montañas y el azul intenso del cielo, es imposible de describir, nuestro Norte es para verlo y “sentirlo”, todas las palabras son inútiles, y cuando uno regresa, se llega a extrañarlo, tiempo que nos dá para descubrir la belleza de lo simple.
Los 24 Kms. Que nos restaban para llegar a Cafayate, ya sobre asfalto, fueron “devorados” por el grupo mientras íbamos bajo la protectora sombra de alamedas a la vera del camino observábamos inmensos viñedos por ambos lados, producto del trabajo de generaciones, que transformaron años atrás, tierras áridas en valles verdes mediante el riego por acequias. A media tarde entramos a Cafayate donde de inmediato nos alojamos en un cálido hospedaje, una vez bañados, comidos y atendidos nuestros medios de movilidad, previa mateada… salimos a dar la “vuelta del perro” por la ciudad donde pudimos apreciar una excelente variedad de artesanías regionales y frutas secas de la región, a las cuales les hicimos honor y como no podía ser de otra manera! Probamos los vinos famosos del valle, que damos fé! Son exquisitos.
Y ya amaneciendo el sol nos sorprendió saliendo de Cafayate iniciando la etapa má larga del raid… unos 95 Kms. Hasta Alemanía un pueblo prácticamente “fantasma” solo unas pocas familias habita ese lugar, otrora cabecera del ferrocarril, hoy el puente sobre el río se vé invadido por la maleza, que con la complicidad de los años a desplazado al tren. A unos 15 Km. De la ciudad comienza la quebrada de Cafayate cuyas formaciones rocosas, los Castillos, el Obelisco, el Fraile, el Sapo, el Anfiteatro, la Garganta del Diablo, etc. Ponen a prueba nuestra capacidad de asombro, con su colorido sin par, una vez más la naturaleza nos demostraba lo infinito de su creación… atrapados por el entorno y a pesar de un fuerte viento en contra íbamos haciendo kilómetros sin darnos cuenta, sabedores que después de cada curva en el camino, una nueva sorpresa nos volvía a enriquecer el espíritu.
Y así de asombro en asombro apareció un cartel que nos indicó que ya estábamos en Alemanía., finalmente cuando nos apeábamos de las bicis tomamos conciencia de lo cansados que habíamos llegado, el viento desfavorable, el sol y los kilómetros dijeron “presente” ¡recién ahí!… antes, el soberbio paisaje no nos había dejado.
Después de armar nuestras carpas algunos “atrevidos” se dieron un baño en el río. Otros después de comer como búfalos hambrientos, exploraron el lugar y al final el grupo se dividió entre los que se fueron a descansar (léase dormir) y los que optaron por ascender a un modesto cerro de las cercanías, pero como es natural no bien cayó el sol …. Todos sin excepción y a pedido de nuestros cuerpos “desaparecimos” en nuestras bolsas de dormir.
A la mañana ya estábamos pedaleando nuestra última etapa que era el Carril donde completábamos el círculo que forma el circuito de los valles calchaquíes.
Todo el trayecto es prácticamente llano y cómo se vá bajando de altura el verde invade paulatinamente el paisaje, tras haber pasado por la Viña y Moldes sin novedad, pusimos fin al raíd habiendo adquirido experiencias y vivencias inolvidables, yá nos sentíamos poseídos por la nostalgia…. Prometiéndonos volver.
Después de siete días de pedaleo, subimos a la trafic, que en 36 horas de viaje nos dejó en nuestra querida Miramar.
Los integrantes del grupo:
Hector Elgueta
Osvaldo Castán
Diego Rizo
Julián Castán
Pikí Orellano
Tino Montagne
Antnio Moreno

sábado, 27 de enero de 2007

Cruce del Abra del Acay

“Interesantísimo relato de uno de los más entusiastas raidistas de nuestra ciudad, cultor de esta durísima disciplina y deportista cabal, Antonio José Moreno (Toni)”.
Diario Crónica publicado el 12 de Julio de 2003 en Miramar

EN BICICLETA HACIA LAS NUBES
2003

Decido detenerme para abrigarme y protegerme del viento gélido que sopla desde el Oeste, al hacerlo tengo que apretar el freno de mi bici … la pendiente es tan pronunciada, que tira la misma con toda su carga para atrás, estiro una mano y logro sacar un buzo de una de las alforjas, aunque con esfuerzo, finalmente puedo ponérmelo, sin que se caiga la bicicleta y yo con ella… a 4.500 metros de altura cualquier actividad es muy dificultosa, la falta de oxígeno afecta el rendimiento de todo el organismo, los músculos no responden, la respiración es caótica y el cerebro se niega a funcionar con normalidad. Efectos varios: Lentitud de los reflejos, habla dificultosa, torpeza generalizada, carácter irritable, etc.
Salimos da S. A. de los Cobres a las 8:30 horas y llevamos casi ocho horas trepando esta “Montaña” por una “huella” que se supone, es la Ruta 40, que va por el Abra del Acay hacia La Poma. La inquietud se ha ido apoderando de mí, poco a poco, trato de no mostrarla a mis compañeros “Piki” y “el Vasco” pero las circunstancias se han puesto muy difíciles por varios motivos. Son las 16 horas y nos quedan solamente dos horas de luz diurna, estamos a gran altura, agotados después de horas y horas de trepar pedaleando y el camino, a nuestra derecha está flanqueado por la pared casi vertical de la montaña y en el lado izquierdo, solamente el hecho de mirar el precipicio, que está al acecho, produce vértigo, ni soñar de intentar bajar por ahí para poder acampar…
Pero, en algún momento tenemos que hacerlo, antes que oscurezca del todo. El frío y el viento de la noche en la alta montaña es muy intenso y necesitamos un lugar mínimo para armar nuestras carpas. La única opción que nos quedaría… sería hacerlo sobre el camino, que consiste en una angosta huella, pero a medida que pasan los minutos descarto esta posibilidad, dado el riesgo de ser aplastados por un auto en medio de la noche. Seguir pedaleando para arriba, ganando altura también es muy riesgoso, el apunamiento se acentuaría y las posibilidades de llegar a lo más alto de la cuesta serían muy escasas, sumado a esto, tendríamos que emprender la bajada de noche, por un angosto camino de montaña flanqueado por enormes abismos. Sabíamos que este trayecto sería muy difícil, subir el Abra del Acay de 5.006 metros de altura sobre el nivel del mar, partiendo de San Antonio de los Cobres en la Provincia de Salta es de una dureza extrema, y si a eso le agregamos que, nuestras bicicletas van con equipo de campamento completo, comida, agua (8 litros) y ropa para fríos muy rigurosos, herramientas, etc., todos estos kilos, “llevarlos” para arriba a gran altura se pone muy complicado… por decirlo de alguna manera. Para contrarrestar todo esto tenemos a nuestro favor, Años de entrenamiento, el espíritu deportivo metido en los huesos y una insaciable sed de aventura.
Habíamos partido de Miramar unos 15 días atrás, éramos cuatro con la firme decisión de meternos con nuestras mountain bikes en el desolado y árido Desierto de Atacama; “Piki” Orellano, Rubén Cela (el Pelado), Hector Elgueta (el Vasco) y yo Toni Moreno, después de rodar con nuestras bicis un camino, prácticamente inexistente, finalmente llegamos al Peñón, pueblo perdido en plena Puna Catamarqueña, al que se arriba por una huella marcada entre interminables pedregales y arena suelta, nos costó 6 días de duro trajinar de los cuales los últimos 3 fueron en total soledad. A esa altura ya el desierto “rey” y “señor” de la zona se había adueñado de nosotros haciendo pagar a nuestros cuerpos un costo físico muy alto, pero a cambio nos dio su inmensidad impoluta de paisajes vírgenes y su silencio, sólo interrumpido por el viento, su aridez nos curtió la piel, pero a medida que pasaban las horas y los días, una sensación de perfecta libertad se iba apoderando de cada uno haciendo volar nuestro espíritu.
Al cumplir esa primera parte de nuestro viaje, nos dirigimos en un pintoresco colectivo hasta El Eje, un modesto pueblo, desde ahí, montados en nuestras bicis nuevamente, y ya por zonas pobladas, después de 450 Kms y 4 días entramos en la ciudad de Salta. A esta altura lamentablemente el Pelado Cela tuvo que regresar a Miramar. Extrañando al compañero de “fierro” que había resultado, seguimos viaje al siguiente día, rumbeando para S. A. de los Cobres donde arribamos sin mayores novedades a las 21 horas.
A la mañana siguiente desafiamos la mítica ruta 40, con su paso de mayor altura en todo el continente Americano, el Abra del Acay, con su soberbio desnivel y su completa soledad. En los dos días que nos llevó subirla no cruzamos un solo vehículo. Habíamos emprendido esta expedición sabiendo que sería muy exigente y no nos defraudó en lo más mínimo.
Las cumbres de las montañas “navegan” sobre nuestras cabezas por un intenso cielo azul; frente a nuestras ruedas se alzan las primeras estribaciones y en el horizonte se divisa el enorme cordón montañoso, coronado por la cumbre del cerro del Acay, que con sus 5.800 metros sobre el nivel del mar y su nieve eterna nos hace tomar conciencia de nuestra pequeñez ante la naturaleza. Hemos pedaleado largo y tendido y después de una breve parada para descansar y normalizar la respiración .., proseguimos sin poder apartar nuestras miradas del horizonte donde, invadiéndolo todo, se yergue majestuoso el cordón montañoso que tenemos que superar. El cansancio de mi cuerpo ha ido desapareciendo a medida que lo ha ido reemplazando la preocupación de lo avanzado de la tarde, y no se vislumbra un mínimo de espacio para acampar… De pronto nos parece ver una senda en el fondo del barranco a la cual no podemos acceder por lo empinado del mismo. Después de conversar con mis compañeros, decidimos en común acuerdo seguir adelante ya que por lógica, esta senda debería conectarse en algún punto con el camino por donde vamos… ¡Y así fue!, finalmente cuando moría la tarde, pudimos aunque con dificultad “bajar” el hondo cañadón por una huella hecha seguramente por cabras o guanacos salvajes de la región teniendo que pasar unos momentos de vértigo bastante adrenalínicos, ¡al fín! accedimos a un lugar lo suficientemente plano donde armar nuestras “casas” (carpas) mientras la noche se iba adueñando de todo. Ordeno mi equipo aprovechando la poca luz que queda, echo una mirada a mi altímetro y éste me marca 4.600 metros de altura, hemos trepado unos 900 metros y nos restan aproximadamente 300 metros de desnivel que sabemos serán sin duda alguna durísimos, también sabemos que la noche será “muy larga”, a esta gran altura hay un 60% de oxígeno del que hay al nivel del mar, y por lo tanto el cuerpo no se recupera del esfuerzo como en el llano, pero siento que los tres ya tenemos la íntima convicción que lo lograremos. Nuestro viaje ha tenido todas las características de una aventura por el echo de que hayamos tenido que depender hasta tal punto de nosotros mismos de que este… es un raid ciclístico “a la antigua”, no hay teléfono, ni radio, ni vehiculo de apoyo. Estamos completamente aislados de nuestro mundo cotidiano, librados sólo a nuestros propios recursos, sin nadie a quien acudir debiendo aceptar la responsabilidad de nuestros errores en este “mundo” mineral duro, solitario, pero intensamente bello, ¡Claro! como humanos que somos, cometemos errores, pero estos son para una mayor conciencia sobre nosotros mismos y nos sirven para aprender siempre un poco más.
Finalmente amanece, la Puna pegó fuerte, la noche y el frío fue su aliado, pero los tres tenemos mucha experiencia en pedalear en montaña y nos sobrepusimos a los malestares (que los hubo) propios de la falta de oxígeno. No es la primera vez que pasamos por una situación así, ya se ha formado una mística en el grupo a través de varios ciclo raides juntos, cada uno sabe lo que dan los otros, y lo que es más importante, un fuerte espíritu de equipo nos une en todas las circunstancias. Creo que nuestra filosofía es muy sencilla: “No le quitemos años a nuestra vida, pongámosle vida a nuestros años” (Arjona). Adentro de nuestras carpas el frío es paralizante, el agua está congelada, tenemos que salir al exterior a romper el hielo formado contra las piedras… finalmente después de luchar con los calentadores (con el frío no funcionan bien), logramos tomar algo caliente. Ya el sol acaricia nuestras espaldas cuando emprendemos la segunda etapa, un sin fin de curvas que apuntan al cielo es todo lo que vemos, vamos callados y jadeantes luchando por el escaso oxígeno, solamente cuando hacemos una breve parada hablamos lo indispensable, no más…
Había pasado una hora desde la partida cuando divisamos, en la montaña, a unos 250 metros sobre nuestras cabezas, recortada por el firmamento, ¡Al fín! la clásica apacheta (pirámide de piedras) signo inequívoco del punto más alto del camino. Hicimos un alto para descansar, con el objetivo a la vista comenzamos a sonreir dejando atrás los difíciles momentos vividos, nos sentimos plenos y orgullosos de nosotros mismos y aunque sabemos que nos llevará unas tres horas más llegar a la cumbre; ya nuestras piernas tienen alas y nuestro ánimo está por las nubes. A las 13 horas subimos penosamente los últimos metros, arribando al punto más alto de una ruta en todo el continente americano (5,006 Mts.), nadie nos estaba esperando, aplaudiendo, o con una medalla para colgarnos al cuello, pero en nuestro interior “una multitud rugía de entusiasmo”, la Pacha Mama nos había “dejado” llegar… después vinieron los abrazos, las felicitaciones mutuas, fotos y filmaciones varias, etc. Y finalmente con la certeza de que todo había valido la pena, comenzamos a descender hacia La Poma primer lugar poblado distante unos 60 Kms. Nos llevó 5 horas avistar el pueblo, profundos precipicios bordean el camino constantemente, nuestras manos van agarrotadas presionando sin pausa los frenos, de vez en cuando volvemos la mirada atrás, el Abra del Acay nos contempla, nos pidió mucho, pero… también nos dio mucho y sobre todo nos dio la seguridad de que podemos pese a todas las dificultades, superarnos a nosotros mismos física y mentalmente.
Eran las 18 horas cuando nuestras bicicletas y nuestras humanidades cubiertas de polvo ruedan por las calles de La Poma. El “Aconcagua” de los cilo raidistas el Abra del Acay lo habíamos superado y paulatinamente una sensación de vacío se fue apoderando poco a poco de nuestros corazones, pero presentimos que la aventura una vez más nos llamará… ¡Y RESPONDEREMOS! a su llamado, y habrá otra “Abra del Acay” frente a nuestra ruedas que intentaremos subir, aunque haya quienes diga que “es una locura”, aunque el clima nos muestre sus garras, aunque el camino no exista, aunque tengamos que superar el mayor de los obstáculos… a nosotros mismos, a pesar de todo y de todos; lo intentaremos una vez más, mientras en nuestras mentes se escuchará la canción de Serrat ¡Caminante no hay camino, se hace camino al andar!.
AGRUPACIÓN PEDAL Y GARRA
Integrantes del raid cilcístico: Rubén Cela (el Pelado), “Piki” Orellano, Hector Elgueta (el Vasco) y Antonio José Moreno (Toni).
Total kilómetros recorridos 950.
Trayectos cumplidos: Belén, El Peñón, Provincia de Catamarca, Salta (ciudad), San Antonio de los Cobres, por Abra del Acay y Cuesta del Obispo hasta ciudad de Salta.